Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Sin embargo, ella lo quería mucho. A veces, con un ligero estremecimiento cuando, volviendo juntos de paseo, él le tomaba, como siempre, en silencio, la mano; ella levantaba los ojos y veía a su marido, alto, moreno, de perfil severo, que no decía nada.
Él también la quería a su modo. Había contenido su ternura; sin saber por qué, Alicia le tenía un poco de miedo. Cuando él volvía al hogar, después del trabajo, ella lo recibía con un beso y se quedaba largo rato, prendida a su cuello, sin moverse.
Durante tres meses —vivieron en una casa blanca, fría y con grandes estatuas y un silencio de palacio—, Alicia sufrió al principio un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días. Parecía tener una anemia aguda, con decaimiento, sin causa aparente. Alicia no se quejaba en lo más mínimo, pero cada mañana amanecía más pálida, con mayores ojeras, como si algo le fuera chupando lentamente la vida.
El médico fue inútil: sin diagnóstico claro, sólo recomendó descanso. Alicia se fue consumiendo en su sillón, sin una queja, sin un reproche.
Una tarde, Alicia tuvo un desmayo. Cuando volvió en sí, no quiso que la movieran. Estaba terriblemente desmejorada. A la noche, tuvo alucinaciones. Veía seres que se arrastraban por la alfombra y que se subían a la cama.
Pasaron los días, y Alicia fue apagándose lentamente. Finalmente, murió.
Cuando la sirvienta fue a cambiar las sábanas, notó que el almohadón pesaba mucho. Lo levantó y llamó al esposo. Abrieron la funda y, debajo, entre las plumas, descubrieron algo espantoso: un animal monstruoso, una especie de parásito con forma de insecto gigante y cuerpo blando, que se había instalado allí.
Había estado chupándole la sangre a Alicia durante días y días, imperceptiblemente. Tanto tiempo estuvo oculto entre las plumas que estaba lleno de sangre humana, inflado, viscoso.
Se había alimentado de ella sin que nadie lo notara.
Horacio Quiroga
Publicado por primera vez en 1907, El almohadón de plumas es uno de los cuentos más inquietantes de Horacio Quiroga. Inspirado en hechos médicos reales —la anemia progresiva sin causa visible—, el relato transforma una escena íntima en una imagen de horror sereno. Una metáfora perfecta de aquello que nos consume desde adentro mientras la vida, en apariencia, continúa.
Horacio Quiroga (1878–1937) fue un escritor uruguayo considerado uno de los grandes maestros del cuento en lengua española. Vivió en Argentina gran parte de su vida y es conocido por relatos intensos, oscuros y a menudo marcados por la muerte, la locura o la violencia de la naturaleza. Su vida estuvo atravesada por tragedias personales —su padre y su padrastro murieron accidentalmente, su esposa se suicidó, y él mismo acabó con su vida tras ser diagnosticado con cáncer—, lo que dotó a su obra de una profundidad existencial única.
Influenciado por Poe y por la selva misionera donde vivió años en soledad, Quiroga escribió cuentos implacables, donde el horror no proviene de lo fantástico sino de lo real. Entre sus libros más conocidos están Cuentos de la selva, Los desterrados y Cuentos de amor de locura y de muerte.
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